lunes, 10 de mayo de 2021

Mama de 6 y 4 años

Este post lo leí por ahí y lo reescribí un poco, y lo hice mío


El tiempo y la relatividad. El tiempo se siente lento cuando las cosas parecen difíciles, y parece acelarar cuando se está disfrutando al máximo.

El tiempo, poco a poco, me libera de la extenuante fatiga de tener hijas pequeños. De las noches sin dormir y de los días sin reposo. De las manos gorditas que sin parar me agarran, me escalan por mi espalda, me cogen, me rebuscan sin restricciones ni vacilaciones. Del peso que llena mis brazos y dobla mi espalda. De las voces que me llaman y no permiten retrasos, esperas, ni vacilaciones. El tiempo me devolverá el ocio vacío de los domingos y las llamadas sin interrupciones, el privilegio y el miedo a la soledad. 

El tiempo, sin embargo, inexorablemente enfriará otra vez mi cama, que ahora está cálida de cuerpos pequeños. Volteará los ojos de mis hijos hacia otros lados, esos ojos que ahora desbordan su amor total por mí. Quitará de sus labios mi nombre gritado y cantado, llorado y pronunciado cien, mil veces al día. Cancelerá, poco a poco, la familiaridad de su piel con la mía, la confianza absoluta que nos hace un cuerpo único acostumbrados a mezclar nuestros estados de ánimo, el espacio, el aire que respiramos.

Pararán de imitarme, porque no querrán parecerse demasiado a mi. Dejarán de preferir mi compañía respecto a la de los sus amigos. Se difuminarán las pasiones, las rabietas y los celos, el amor y el miedo. Se apagarán los ecos de las risas y de las canciones.

Con el pasar del tiempo, mis hijas descubrirán que tengo muchos defectos y, si tengo suerte, me perdonarán alguno.
Sabio y cínico, el tiempo traerá consigo el olvido. Olvidarán, aunque yo no lo haré. Las cosquillas y las risas, los besos en los pies, en las axilas, los piojitos de media noche, y los llantos que poderosamente paran con un abrazo. Los viajes y los juegos, las caminatas y la fiebre alta. Los bailes, las historias y las caricias mientras nos dormimos despacio.

Mis hijas olvidarán que les he amamantado, mecidas durante horas, llevadas en brazos y de la mano. Que les he dado de comer y consolado, levantado después de cien caídas. Olvidarán que han dormido sobre mi pecho de día y de noche, que hubo un tiempo en que me han necesitado tanto, como el aire que respiran.

Olvidarán, porque esto es lo que hacen los hijos, porque eso es lo que el tiempo elige. Y yo, yo queriendo congelar momentos, tendré que aprender a vivir con los recuerdos que se desvancen, confiada y esperanzada en que todo ese tiempo con amor invertido, traiga fruto y una relación de amor perpetuo.